Corte de película
- 27 nov 2015
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Los peluqueros están en sus lugares. Algunos sentados sobre sus sillas leyendo una revista y los otros con la mirada fija en algún punto de la calle que rodea el local. La escenografía está preparada con unas sillas que tienen más de cien años frente a los espejos y las tijeras y demás utensilios se encuentran ordenados sobre sus mesas. La música clásica de fondo prendida, la iluminación natural del sol invernal de las once de la mañana atravesando el delgado vidrio de las ventanas, todo perfecto y ... ¡Acción!
Parece de película. Pero no lo es. Los peluqueros no son actores y su vestimenta es verdadera, la música la eligieron ellos y la escenografía es real: La Peluquería Francesa. Este edificio clásico de dos pisos está instalado desde 1925 en el barrio Yungay. Un sector donde los vendedores ambulantes gritan, intentando ganarle en volumen al ruido de los autos y sus bocinas que se desplazan por el sector. Sin embargo a la altura de la calle Libertad, el silencio es casi perfecto, interrumpido sólo por algunas micros que pasan cada cinco minutos y un par de autos. Un ciclista avanza por la calle Libertad, se detiene en el disco pare, dobla hacia la izquierda por Compañía de Jesús y voilà. Justo en esa esquina está instalada La Peluquería Francesa.
Se abren las puertas del local y se entra en una especie de película antigua. La tranquilidad que invade el lugar es interrumpida solamente por el sonido de las páginas que ojea uno de los cuatro peluqueros. Todos se encuentran sentados sobre sus sillas, vestidos con un delantal blanco sobre el que se posan algunos pelos. Uno mirando un punto fijo, dos leyendo una revista y el cuarto luchando contra la luz que entra por la ventana. Una luz que no encandila, pero que lo obliga a tener los ojos semicerrados, a un pestañeo del inconsciente.
En esta especie de película, aquella escena puede considerarse como el primer acto. No hay ningún cliente y todos los peluqueros se muestran aburridos. Tanto así, que incluso ya cansados de tener la vista perdida en algún punto del suelo de madera, toman sus tijeras y navajas e inician un aseo personal. Aunque apenas se le notan los minúsculos pelos en la pera, dos de ellos los afeitan con una rapidez que cualquier hombre envidiaría.
Acto dos: entra un cliente. El peluquero semidormido se levanta como si una fuerza superior lo hubiese sacado de la silla de un golpe y le ofrece el asiento al hombre que, por un segundo, iluminó la cara de los cuatro profesionales. “Hoy día se ve que está flojo, porque estamos a mitad de mes ya, entonces ha bajado el trabajo un poco”, explica Rodolfo Urbina Rodríguez, peluquero hace 55 años y hace 11 en la Peluquería Francesa.
Entra el segundo cliente de la tarde, quien pide a uno de los peluqueros que está leyendo la revista, que lo rape al cero. Luego de 25 minutos de labor, ambos peluqueros le solicitan a Urbina que les hagan las boletas. “Son 4.500 por la afeitada (refiriéndose al primer cliente) y lo mismo para el corte de cabello”, grita desde el otro lado de la peluquería. Y así termina la tarde para los cuatro profesionales que tuvieron un día calmado y silencioso.
A poco de cortarse los dedos
“¿Aquí atienden por reservas?”, pregunta en voz alta un hombre de pelo negro y algunas canas traviesas, quien da inicio al tercer acto de esta especie de película. “No, señor. Es por orden de llegada, así que pase, pase”, contesta Urbina. Y lo instala en la silla rápidamente, envuelve su cuello con una capa roja, con la misma velocidad, y sin siquiera darle tiempo al cliente para apreciar por última vez su pelo que le alcanza a tocar el cuello de la camisa, lo peina con el cepillo y empieza a cortarle velozmente. Es tanta la rapidez que da la sensación de que en cualquier minuto caerá, junto a un mechón de cabello, uno de los dedos del peluquero que usa para tomar el pelo. Esta vez termina en 15 minutos, pero no precisamente porque hoy día esté más ágil, sino, porque es una jornada en la que la llegada de clientes no da tiempo a los peluqueros ni para leer revistas, ni para mirar un punto fijo, ni para luchar contra la luz del día.
Un ex minero de El Teniente, un niño de tres años y medio y un argentino acompañado por otros compatriotas y cámaras, son algunos de los clientes que aprovecharon el fin de semana para atenderse en la peluquería. “Hay cambios de variedad de personas que vienen a cortarse el pelo. Uno tiene la suerte de poder conocer personas, personajes… y de eso uno va aprendiendo. Va aprendiendo y los va conociendo en su sencillez, en su forma de ser. Esta profesión tiene eso que es bonito”, cuenta Urbina. Además asegura que han logrado mayor clientela gracias a que uno de los descendientes de los dueños del local le sumó un bar, restorán y venta de antigüedades en edificios contiguos a la peluquería, que reciben a unas siete mil personas al mes.
El niño tiene algo inquieto a don Rodolfo, pues juega con las sillas antiguas de la peluquería, una reliquia del local de más de cien años. La música clásica apenas se escucha por las máquinas cortadoras de pelo y los gritos del peluquero, quien hace un esfuerzo por conversar con el ex minero, quien sufre de sordera.
Se nota que el local tiene más vida, pero hay algo que lo hace ver más colapsado de lo normal. “Son esos argentinos, que están grabando algo, un comercial, no sé”, dice Urbina algo enojado, quien luego de un rato logra que se retiren, advirtiéndoles que pronto llegaría “Don Manuel”, el dueño de la Peluquería Francesa desde 1982, que tiene 75 años y le carga ver tan atochado el local.
Manuel Cerda es un hombre de pocas palabras, sobre todo los fines de semana, porque él viene esos días a la peluquería a trabajar y no conversar. Sin embargo, mientras se pone el delantal, se da el tiempo para expresar una de las características que distingue a este local de cualquier otra peluquería del país: “La diferencia la damos nosotros que somos barberos. Y los barberos no se hacen en un año, son años de experiencia que hay que tener”.
Cuando avanza la tarde, la gente vuelve a sus hogares y los peluqueros empiezan a limpiar. Poco a poco, vuelve a aparecer la madera café del suelo, que durante el día se fue cubriendo por cabellos oscuros, claros, jóvenes y viejos, argentinos y sordos. La escenografía se va vaciando y los profesionales vuelven a sentarse en sus respectivas sillas para descansar. Eso sí, en este acto, los personajes de esta especie de película están a pocas horas de dejar el delantal que los vistió todo el día, las tijeras que estuvieron a punto de cortarles los dedos y el local que les permitió ser parte de la escenografía de una de las “películas” más antiguas del Barrio Yungay: la Peluquería Francesa.




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